Hablando con la que fue mi compañera de habitación durante mis tres días de hospital sobre su cesárea, había conseguido algo de tranquilidad pues me dijo que no se enteró de nada pero, leyendo algún blog de internet, ésta se ha disipado. Según decía dicha bloguera, se ve que si se posterga mucho la unión pecho-lactante tras el parto, algo que sucede en las cesáreas, pueden darse problemas en la futura lactancia pues se pierde el instinto de agarre con el que nace el bebé. Posiblemente sea una exageración por parte de la que escribió su experiencia en el blog pero, ante la duda, he decidido hacer un plan de parto en el que voy a especificar que el tiempo de separación madre-bebés me gustaría que fuese el mínimo posible. Es más, me gustaría que me las pusieran a mamar nada más salir del útero o en la sala de reanimación, si fuera posible, aunque solo fuera un ratito.
Recordando nuestra última visita al hospital, me vino a la cabeza el comentario de uno de los aparcacoches del aparcamiento: "a punto de explotar". Posiblemente, algo referido a mí pues acababa de pasar. Tal afirmación, evidentemente, ni era digna de respuesta ni de atención pero sí de corrección: "a punto de explotar de vida y felicidad" le hubiera dicho si no estuviese flotando en medio de la más absoluta beatitud.
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