viernes, 29 de agosto de 2014

36 semanas y cinco días... llegó el final: cesárea programada.

     

N. tiene un tamaño no excesivamente grande frente a G. que es inmensa: tres kilos trescientos (edad gestacional de 38 semanas) frente a los dos kilos dos doscientos de N. (edad gestacional de 33 semanas). Como en dos semanas no ha ganado mucho peso (debido a una no muy buena calidad de la placenta, o eso creo que dijo el que hace la ecografía) la ginecóloga ha considerado oportuno programar una cesárea para la semana que viene, concretamente para el lunes 1 (el día que tendría que examinar a mis alumnos suspensos). Ingreso el domingo a las siete de la tarde. No quiero pensar el agobio que tendré la noche del domingo al lunes: con lo difícil que es conciliar el sueño en el hospital y, dicho mal y pronto, "el acojone" de lo que me espera al día siguiente. Será a las nueve y media de la mañana, si no se produce ninguna urgencia. De hecho, de momento, yo seré la única cesárea de ese día. 
     Hoy el test basal ha ido bien, aunque a N. cuesta encontrarla para pillarle el latido pues G. al parecer lo ocupa todo (de hecho, son sus dimensiones las que han empujado a N. tan abajo). También ya me han hecho el electrocardiograma para la anestesia de la cesárea. 
     Aunque más o menos esto ya me lo esperaba nos ha pillado un poco de sopetón. Algo así como ¡ya el lunes se acaba todo esto de la inmensa panza! La verdad es que el embarazo no se ha hecho largo, más bien algo corto. Ya estaba bastante acostumbrada a su presencia. A partir del lunes panza ya no crecerá más ni producirá más estrías en la zona de la montaña que G. había formado en la zona de la izquierda ni tampoco los habituales picores desquiciantes por el estiramiento de la piel. Su máxima dimensión la alcanzará el domingo. De hecho, no sé si organizar algún tipo de celebración para despedirla. Todo el mundo dice que es inmensa y se queda algo impresionado y reconozco que pesa, sobre todo al final del día, pero creo que aún podría con poco de peso más. Vamos, como en el gimnasio, aún podría poner más peso. 
     En fin, aunque en algún momento tuve esperanzas de tener un parto natural debido a que las dos estaban bien colocadas nunca estuvo realmente claro ni acabé de creérmelo. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Evidentemente, el hecho de que sea una operación quirúrgica es lo que te da más respeto. Y encima, en uno de los libros que me leí sobre el embarazo, el más exagerado, hay que reconocerlo, la autora decía que se notaban los tirones que daban. Algo que sólo pensarlo da un poco de grima o mal rollo. La anestesia creo que es parcial pero, aunque la total es más peligrosa, casi la preferiría porque es una manera de no enterarse absolutamente de nada. Es decir, te despiertas casi sin darte cuenta de que te has dormido y ya ha acabado todo. El caso es que no es aconsejable para los fetos con lo cual, salvo casos graves, que no sé cuáles son, no suele utilizarse. 
     Algo que también se me pasa por la cabeza es la convalecencia: cuánto tardaré en estar bien para hacerme cargo de las nuevas miembras de la familia. Según me contó mi tía, la recuperación de su cesárea fue coser y cantar. Vamos, que el mismo día en que se la hicieron ya se levantó para ducharse ella sola, enganchada como estaba al suero todavía. 
     En conclusión, que menudo fin de semana de comedura de olla me espera. Trataré de que no sea demasiado. Por mucho que una le dé vueltas a las cosas éstas no dejarán de ser como tengan que ser. 

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