Echando la vista atrás, recuerdo el día en que hice esta foto en el hospital. No era el lugar más hermoso del mundo pues se trataba de un hospital viejo. El personal era muy amable y mis compañeras de habitación las mejores del mundo. Pero supongo que lo normal es que a nadie le guste estar en un hospital: con esos ruidos por la noche, esa comida (a mí me encantaba), ese calor sofocante, esos camisones abiertos por todas partes... Sin embargo, lo último que quería era irme de allí. Temía el momento en que me dieran el alta. Pensaba que, una vez en casa, no sabría ni por dónde empezar con los bebés: no sabía ni cómo bañarlos, ni cómo hacerles la cura del cordón, ni cómo cambiarles el pañal, ni cómo preparar los biberones... y encima, me encontraba fatal con lo de la cesárea: hinchada y con dificultades para moverme.
Ahora sé que lo que en cierto modo me paralizaba a la hora de no aprender todas esas cosas era el miedo a no hacerlo bien: el miedo a dejarlas caer durante el baño, a hacerles daño en la herida del cordón, a equivocarme con las medidas del biberón, a no poder atender a las dos cuando llorasen al mismo tiempo... la falta de seguridad y el nerviosismo me impedía avanzar en el aprendizaje sobre la práctica que debía llevar a cabo día a día.
Finalmente, todo eso lo fuimos aprendiendo (mi madre, mi marido y yo) y lo fuimos haciendo sobre la marcha, con mucho miedo y preocupación. Las noches eran mías: teta cada tres horas (multiplicado por dos). Por las mañanas y tardes estaba mi madre (yo algo zombi) y los baños y curas de cordón eran especialidad de mi marido cuando llegaba a las ocho.
No lo pasé nada bien. Pero afortunadamente, todo eso pasó (esto lo escribo cuando ya tienen dos años y medio, pues en su día sólo tuve tiempo para subir esta foto: metáfora de todo el amor que sentía y de la hermosura que veía). Es una etapa ya superada y semiolvidada por la que no me gustaría volver a pasar.

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