miércoles, 15 de mayo de 2019

4 años y 8 meses: echando la vista atrás con cierta nostalgia

        Casi cinco años han pasado ya y parece que todavía fue ayer cuando escribía todo esto. Ahora el tiempo se mide cada vez que estos dos seres tan hermosos cumplen años. Son la alegria de la huerta, la perplejidad constante, mis satélites perpetuos...

        No soy la criadora perfecta y pierdo los papeles más de lo que quisiera. Les pongo las pilas constantemente y no les paso ni media. Y a pesar de ser siempre el poli malo, mi papel favorito, he de reconocerlo, me sorprende descubrir que no dejo de ser el centro de su universo. Esto me genera algo de culpabilidad, a veces. Pero me dura poco cada vez que veo los estragos que ocasiona la falta de límites en la infancia. Esos límites y esa disciplina necesarios para transitar de un modo seguro, provechoso y satisfactorio los caminos de esta vida. Primero de la mano, después en solitario.

        Me gusta recordar todo lo escrito en mi última etapa tranquila y sin grandes responsabilidades, antes de entrar en esta vorágine de la crianza y la ingente labor de educar  o formar a dos seres humanos y mostrarles más o menos, lo que es, o podría ser, el mundo.

sábado, 29 de abril de 2017

8 meses y 28 días... Tiempo para una misma.

     No recuerdo exactamente cómo era la frase. Decía algo así como que "la crianza de un/a niño/a era cosa de toda la tribu". Creo que tiene toda la razón. Sobre todo, cuando no se trata de uno/a sino de dos. No es que la madre le eche mucho morro o se quiera descansar sino que a lo mejor lo único que necesita es un par de horas por las tardes para corregir exámenes, preparar clases o, simplemente, no hacer nada.

     Luego también están esas creencias populares que afirman que no hay nada como la madre, que ha de estar siempre ahí, que si no es así, entonces es una mala madre... etc. En fin, para mí eso es una forma de misoginia que una vez más sobrecarga a las mujeres, como si ya no estuvieran hasta arriba de miles de exigencias sociales, laborales, estéticas o biológicas. 

   Pero en fin, hasta que esto de que la tribu se haga cargo y se deje de sobrecargar a las madres creo que tendrá que pasar mucho tiempo. Si es que alguna vez sucede.
      

martes, 5 de mayo de 2015

Ocho meses y cinco días de vida... recuerdos de la cesárea, depresión postparto y enfado con mi madre.

    Después de todo este tiempo, vuelvo a tener algo de tiempo para escribir, gracias a que las bebis a las ocho ya están bañadas, cenadas y acostadas. Todo ello por obra y gracia de mi marido y su providencial decisión de aplicar el método Duermete niño de Estivill.

    Echando la vista atrás puedo contar algún retazo de lo vivido: sobre la cesárea (sí te enteras de los empujones y hueles la carne quemada del corte del bisturí); el momento en el que salen los dos hermosos seres (el más emotivo de toda una vida) y los primeros meses lidiando con la maternidad: una locura, debido no sólo a las noches de insomnio sino también a días y días de no dar abasto, al bajón hormonal que te llena de una tristeza sin motivo y al hecho de que has de convivir nuevamente con una madre a la que necesitas pero a la que eres consciente de que no estas tratando nada bien, debido a un malhumor incontrolable que no aguantas ni tú. 

   De repente, tu vida ha cambiado: hay un par de hermosos apéndices que dependen de ti, que comen cada tres horas, con pises que hay que quitar, con sillas de coche y de paseo que hay que montar y desmontar cada vez que pones un pie fuera de casa, cuya pediatra has de visitar y, cuando estás que no puedes más, sigue el trabajo: toca baño, bibe y cama. 

    En fin, a día de hoy, esa época puedo decir que la he superado, prefiero no recordarla y creo que podría calificarla de dominada por cierta depresión postparto que, afortunadamente, no fue a más.

    Todo acabó con un enfado monumental de mi madre, unas disculpas por mi parte y el fichaje de una cuidadora que lo hace inmensamente bien y me da un respiro. Eso y comenzar a hacer algo de deporte por las mañanas hizo que pudiera empezar a salir del agujero y a disfrutar de esos dos hermosos seres que la nube del agobio no me estaba dejando ver.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Quince días de vida... ajetreo constante y noches sin dormir.

 
       Echando la vista atrás, recuerdo el día en que hice esta foto en el hospital. No era el lugar más hermoso del mundo pues se trataba de un hospital viejo. El personal era muy amable y mis compañeras de habitación las mejores del mundo. Pero supongo que lo normal es que a nadie le guste estar en un hospital: con esos ruidos por la noche, esa comida (a mí me encantaba), ese calor sofocante, esos camisones abiertos por todas partes... Sin embargo, lo último que quería era irme de allí. Temía el momento en que me dieran el alta. Pensaba que, una vez en casa, no sabría ni por dónde empezar con los bebés: no sabía ni cómo bañarlos, ni cómo hacerles la cura del cordón, ni cómo cambiarles el pañal, ni cómo preparar los biberones... y encima, me encontraba fatal con lo de la cesárea: hinchada y con dificultades para moverme. 

     Ahora sé que lo que en cierto modo me paralizaba a la hora de no aprender todas esas cosas era el miedo a no hacerlo bien: el miedo a dejarlas caer durante el baño, a hacerles daño en la herida del cordón, a equivocarme con las medidas del biberón, a no poder atender a las dos cuando llorasen al mismo tiempo... la falta de seguridad y el nerviosismo me impedía avanzar en el aprendizaje sobre la práctica que debía llevar a cabo día a día.

     Finalmente, todo eso lo fuimos aprendiendo (mi madre, mi marido y yo) y lo fuimos haciendo sobre la marcha, con mucho miedo y preocupación. Las noches eran mías: teta cada tres horas (multiplicado por dos). Por las mañanas y tardes estaba mi madre (yo algo zombi) y los baños y curas de cordón eran especialidad de mi marido cuando llegaba a las ocho. 

     No lo pasé nada bien. Pero afortunadamente, todo eso pasó (esto lo escribo cuando ya tienen dos años y medio, pues en su día sólo tuve tiempo para subir esta foto: metáfora de todo el amor que sentía y de la hermosura que veía). Es una etapa ya superada y semiolvidada por la que no me gustaría volver a pasar.

sábado, 30 de agosto de 2014

36 semanas y seis días: lactancia tras cesárea y plan de parto.

     Hablando con la que fue mi compañera de habitación durante mis tres días de hospital sobre su cesárea, había conseguido algo de tranquilidad pues me dijo que no se enteró de nada pero, leyendo algún blog de internet, ésta se ha disipado. Según decía dicha bloguera, se ve que si se posterga mucho la unión pecho-lactante tras el parto, algo que sucede en las cesáreas, pueden darse problemas en la futura lactancia pues se pierde el instinto de agarre con el que nace el bebé. Posiblemente sea una exageración por parte de la que escribió su experiencia en el blog pero, ante la duda, he decidido hacer un plan de parto en el que voy a especificar que el tiempo de separación madre-bebés me gustaría que fuese el mínimo posible. Es más, me gustaría que me las pusieran a mamar nada más salir del útero o en la sala de reanimación, si fuera posible, aunque solo fuera un ratito.

     Recordando nuestra última visita al hospital, me vino a la cabeza el comentario de uno de los aparcacoches del aparcamiento: "a punto de explotar". Posiblemente, algo referido a mí pues acababa de pasar. Tal afirmación, evidentemente, ni era digna de respuesta ni de atención pero sí de corrección: "a punto de explotar de vida y felicidad" le hubiera dicho si no estuviese flotando en medio de la más absoluta beatitud.

viernes, 29 de agosto de 2014

36 semanas y cinco días... llegó el final: cesárea programada.

     

N. tiene un tamaño no excesivamente grande frente a G. que es inmensa: tres kilos trescientos (edad gestacional de 38 semanas) frente a los dos kilos dos doscientos de N. (edad gestacional de 33 semanas). Como en dos semanas no ha ganado mucho peso (debido a una no muy buena calidad de la placenta, o eso creo que dijo el que hace la ecografía) la ginecóloga ha considerado oportuno programar una cesárea para la semana que viene, concretamente para el lunes 1 (el día que tendría que examinar a mis alumnos suspensos). Ingreso el domingo a las siete de la tarde. No quiero pensar el agobio que tendré la noche del domingo al lunes: con lo difícil que es conciliar el sueño en el hospital y, dicho mal y pronto, "el acojone" de lo que me espera al día siguiente. Será a las nueve y media de la mañana, si no se produce ninguna urgencia. De hecho, de momento, yo seré la única cesárea de ese día. 
     Hoy el test basal ha ido bien, aunque a N. cuesta encontrarla para pillarle el latido pues G. al parecer lo ocupa todo (de hecho, son sus dimensiones las que han empujado a N. tan abajo). También ya me han hecho el electrocardiograma para la anestesia de la cesárea. 
     Aunque más o menos esto ya me lo esperaba nos ha pillado un poco de sopetón. Algo así como ¡ya el lunes se acaba todo esto de la inmensa panza! La verdad es que el embarazo no se ha hecho largo, más bien algo corto. Ya estaba bastante acostumbrada a su presencia. A partir del lunes panza ya no crecerá más ni producirá más estrías en la zona de la montaña que G. había formado en la zona de la izquierda ni tampoco los habituales picores desquiciantes por el estiramiento de la piel. Su máxima dimensión la alcanzará el domingo. De hecho, no sé si organizar algún tipo de celebración para despedirla. Todo el mundo dice que es inmensa y se queda algo impresionado y reconozco que pesa, sobre todo al final del día, pero creo que aún podría con poco de peso más. Vamos, como en el gimnasio, aún podría poner más peso. 
     En fin, aunque en algún momento tuve esperanzas de tener un parto natural debido a que las dos estaban bien colocadas nunca estuvo realmente claro ni acabé de creérmelo. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Evidentemente, el hecho de que sea una operación quirúrgica es lo que te da más respeto. Y encima, en uno de los libros que me leí sobre el embarazo, el más exagerado, hay que reconocerlo, la autora decía que se notaban los tirones que daban. Algo que sólo pensarlo da un poco de grima o mal rollo. La anestesia creo que es parcial pero, aunque la total es más peligrosa, casi la preferiría porque es una manera de no enterarse absolutamente de nada. Es decir, te despiertas casi sin darte cuenta de que te has dormido y ya ha acabado todo. El caso es que no es aconsejable para los fetos con lo cual, salvo casos graves, que no sé cuáles son, no suele utilizarse. 
     Algo que también se me pasa por la cabeza es la convalecencia: cuánto tardaré en estar bien para hacerme cargo de las nuevas miembras de la familia. Según me contó mi tía, la recuperación de su cesárea fue coser y cantar. Vamos, que el mismo día en que se la hicieron ya se levantó para ducharse ella sola, enganchada como estaba al suero todavía. 
     En conclusión, que menudo fin de semana de comedura de olla me espera. Trataré de que no sea demasiado. Por mucho que una le dé vueltas a las cosas éstas no dejarán de ser como tengan que ser. 

sábado, 23 de agosto de 2014

35 semanas y seis días... ¿Contracciones?

     A estas alturas ya cuesta aguantar el peso de panza y el propio (rodillas y piernas algo sobrecargadas). Coma lo que coma, que no creo que actualmente sea mucho pues me lleno antes, la báscula marca cada vez más (77 kg). El único consuelo es desplazar la responsabilidad: no soy yo sino ellas las que realmente ganan peso (me las imagino gigantes). De hecho, la zona de la izquierda sobresale un poco más que la derecha. Intuyo que G. está inmensa. Hasta la semana que viene no hay ecografía con lo que toca esperar para salir de dudas en cuanto a sus dimensiones. 
     Relacionado con el peso o no, no sabemos si unos súbitos dolores en panza ayer por la noche pudieran ser contracciones de las de verdad o movimientos fetales a lo bestia. En fin, hasta ahora no se han vuelto a repetir con lo que nos quedamos también con la duda. Esperamos que ninguna de las dos haya hecho la voltereta y haya variado su posición.