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domingo, 13 de julio de 2014

30 semanas... amuletos.

Nunca he sido muy supersticiosa pero, en ocasiones, las circunstancias de la vida te pueden llevar a creer en el mal de ojo, las malas vibraciones de la gente o como se quiera llamar. Igualmente, hasta ahora me seguía considerando muy racional y muy escéptica. Solía creer sólo lo que veía. 
     A pesar de todo ello he de confesar que tengo algo así como un amuleto al que inconscientemente asocio mi buena suerte o, al menos, mi dosis de buenas vibraciones diarias. El problema es que cuando me falla, es decir, cuando no lo tengo, las energías me fallan o siento como que no están todas conmigo. Ahora, no es que vaya muy sobrada y a medida que este proceso en el que estoy inmersa avanza no sé cómo estaré: mantengo mi autonomía e independencia pero no sé por cuánto tiempo. Siempre están los miedos irracionales: a convertirse en una pelota que sólo pueda desplazarse rodando o a que una grúa la tenga que mover a una previo aviso. 
     El caso es que la mera insinuación de que en unas semanas "mi amuleto" pueda no estar, aunque sean sólo cuatro días, es algo que me puede psicólogicamente y que me pone muy triste. No lo puedo evitar, sea por las hormonas o porque mi parte racional se ha ido y he quedado reducida a un mero envase gestante: carne que genera carne. 
     Supongo que su ausencia en mi mente es una especie de atentado contra el síndrome de anidamiento que de un modo tan fuerte confieso estar experimentando. Si falta el amuleto el nido no va a estar verdaderamente preparado para la esperada llegada o algo en esa llegada va a salir mal.